(extret de El deseo según Deleuze, de Maite Larrauri. Ed. Tándem. València. 2000)
“Somos como la hierba: hemos hecho del mundo, de todo el mundo, un devenir, porque hemos hecho un mundo necesariamente comunicante, porque hemos suprimido de nosotros mismos todo lo que nos impedía deslizarnos entre las cosas. Hemos combinado el “todo”, el artículo indefinido, el infinitivo-devenir y el nombre propio al que estamos reducidos. Saturar, eliminar, ponerlo todo”.
Gilles Deleuze y Félix Guattari escribieron conjuntamente un libro titulado el Anti-Edipo. Pero es una simplificación afirmar sin más que Deleuze es un enemigo del psicoanálisis. Cualquiera que haya seguido hasta aquí estas páginas podrá entender que el discurso del psicoanálisis, los libros de Freud, o de Lacan, este o aquel psicoanalista, pueden constituir –como por otra parte todas las cosas de este mundo- un buen o un mal encuentro y pueden resultar, según para quien, algo conveniente o no. El psicoanálisis no puede ser considerado, desde los mismos presupuestos de Deleuze, como algo malo para todos. Así pues, cabe preguntarse cuál es el origen de la animadversión que Deleuze tiene respecto del psicoanálisis.
Fundamentalmente Deleuze rechaza la pretensión del psicoanálisis a ser discurso único. Se puede decir del psicoanálisis lo mismo que Nietzsche afirma de la psicología, a saber, que es un asunto de curas. El discurso implícito del psicoanálisis es “fuera de mí no hay salvación”. Sin duda Deleuze había observado con cuanta facilidad los psicoanalistas y los psicoanalizados reaccionan a la menor duda acerca de los beneficios del psicoanálisis o con cuanta ferocidad defienden la teoría psicoanalítica frente a un escéptico. Es curioso que no se muestren tranquilamente felices y contentos por las ventajas que dicen obtener. “Ya lo verás, acabarás mal, de hecho ya estás mal y no te das ni cuenta y por eso te resistes al psicoanálisis”: es una música triste la de quien espera el desfallecimiento del otro (que seguramente acaecerá, ya que desfallecimientos siempre los hay, por causa de una mal encuentro o por la enfermedad o por la vejez) para mostrarse finalmente vencedor, dueño de una razón única.
El psicoanálisis puede ser una opción de vida. Pero quienes se dedican a ello o quienes han buscado ayuda y la han encontrado allí no tienen por qué revestirse de la máscara del cura: si se la quitaran, el motivo del combate de Deleuze desaparecería. El psicoanálisis es sólo un modo de vida posible, puede hacer que la vida crezca, pero no es para todos, no es la única manera que tenemos de establecer relaciones con el mundo, ni es la única teoría que nos permite relacionarnos con nosotros mismos, conocernos a nosotros mismos.
Por otra parte, la teoría psicoanalítica pertenece a la cultura arborescente. Está edificada sobre el árbol de la familia. El que se acerca al psicoanálisis busca en las hojas, ramas y raíces del propio pasado familiar, saber quién es y cómo es. Y el árbol familiar le repite a uno:”lo que eres es lo que eres”. Es difícil encontrar alegría y felicidad en ese saber por regresión, en ese saber por adelantado. El rizoma es un modelo mucho más gozoso porque no pretende saber lo que uno es de una vez por todas.
Deleuze celebra el descubrimiento del inconsciente, que pensadores como Freud, Jung y Adler llevaron a cabo. Un hallazgo sorprendente, aunque –apostilla Deleuze-, como en el caso de la revolución rusa, no sabemos muy bien cuándo empezó a ir mal. Sí que se puede afirmar, sin embargo, que la idea de que el inconsciente es un teatro en el que estamos siempre representando la misma tragedia –el complejo de Edipo- encierra este gran descubrimiento en unos límites demasiado estrechos.
Veamos el ejemplo que Deleuze extrae de un análisis realizado por la psicoanalista Mélanie Klein. La psicoanalista tiene ante sí a un niño que juega a los trenes. Ella le da a un tren el nombre de “tren papá” y a otro el nombre del niño, “tren Dick”. Cuando el niño empuja el “tren Dick” hasta el lugar que designa como “estación”, la psicoanalista le explica que la estación es mamá. Y ya tenemos nuestro triángulo edípico: el niño que rivaliza con el padre y quiere entrar en el cuerpo de mamá. Es como si el juego de los trenes no pudiera hacer más referencia que a papá y mamá, como si no pudiera pertenecer a una historia más amplia. (Todos nosotros sin embargo, si prestamos atención, podemos oír otros relatos, como este, el de un niño al que su tío –“el tío Pepe-tren”, así es como lo llama el niño- lo lleva todos los jueves, a la salida del colegio, a la pasarela por debajo de la cual circulan los trenes, y el niño queda fascinado por el ruido y por el humo, por los trenes que se alejan, y sueña con esos viajes, con esas tierras desconocidas las que ahora no puede ir, pero que ya son una promesa, porque ahí están esos trenes que no dejan de pasar por debajo de sus pies…). Sin embargo, Mélanie Klein parece que le diga al niño Dick: “ es papá, mamá y tú; dilo o te doy una bofetada”.
Un niño se relaciona con muchas cosas y no sólo con su familia: existe para él la calle, y los animales, y otras personas, y cuando se pone a delirar no sólo delira con papá y mamá, sino que delira también con los trenes y los viajes, y con el tío que lo coge de la mano, y con el estrépito y las nubes y lo que hay al final de los raíles. El rizoma se extiende conectándose sin más límites que su propia potencia.
Delirar es, en cierto modo, desear.
