(per Andre Gorz.* Darreres pàgines de Lettre à D. Histoire d’un amour.Paris, Galilée. 2006. Pàgs 59-75. Escrit en segona persona, es dirigeix, com un homenatge en veu alta, a Doreen Keir, companya de Gorz.)
Hace falta que mire hacia atrás para retomar nuestra historia. Durante nuestros años en la calle Bac, habíamos llegado progresivamente a un relativo bienestar material. Pero nunca habíamos llevado un nivel de vida y de consumo a la altura de nuestro poder adquisitivo. Había entre nosotros un acuerdo tácito al respecto. Teníamos los mismos valores, quiero decir una misma concepción de lo que da a la vida un sentido o amenaza con quitárselo. Hasta dónde recuerdo, odiaba el modo de vida llamado «opulento» y sus derroches. Tú te negabas a seguir la moda y la juzgabas según tus propios criterios. Te negabas a dejar que el marketing y la publicidad te creasen necesidades que no aprobases. De vacaciones, nos alojábamos bien en «casa de los habitantes», en España, bien en albergues o pensiones modestas, en Italia. Es en 1968 cuando, por primera vez, fuimos a un gran hotel moderno, en Pugnochiuso. Al final acabamos, al cabo de diez años, por adquirir un viejo Austin. No nos impidió tener la motorización individual por una elección política execrable que lanza a los individuos unos contra otros al pretender ofrecerles un medio de sustraerse al destino común. Tenías para los gastos corrientes un presupuesto que decidías y gestionabas según nuestras necesidades. Esto me recuerda que habías concluido, con siete años, que, para ser verdadero, el amor debe despreciar el dinero. Tú lo despreciabas. A menudo lo regalábamos.
Nos habíamos acostumbrado a pasar los fines de semana en el campo. Después, para no tener que alojarnos en un albergue, compramos una casita a 50 kilómetros de París. Hiciera el tiempo que hiciera, dábamos paseos de dos horas. Tenías una connivencia contagiosa con todo lo que está vivo y me enseñaste a observar y a querer los campos, los bosques y los animales. Te escuchaban tan atentamente cuando les hablabas que tenía la impresión de que entendían tus palabras. Me descubrías la riqueza de la vida y yo la amaba a través tuyo —a menos que fuese al revés (aunque tanto da). Después de instalarnos en la casita, adoptaste un gato gris atigrado que, visiblemente hambriento, esperaba siempre delante de nuestra puerta. Le curamos la sarna. La primera vez que saltó espontáneamente sobre mi regazo, tuve la sensación de que me hacía un gran honor.
Nuestra ética —si me atrevo a llamarla así— nos preparó para acoger con alegría Mayo del 68 y lo que vino después. Preferimos sin más vlr a la gp, Tiennot Grumbach y su comuna militante de Mantes a Benny Lévy y La causa del pueblo[1]. En el extranjero, yo pasaba por ser un precursor e incluso un inspirador de los movimientos de Mayo. Nos fuimos juntos a Bélgica, a los Países Bajos, Inglaterra, después, en 1970, a Cambridge (Mass.). Cinco años antes, en Nueva York, ya habíamos podido detestar la civilización americana, con sus derroches, su smog, sus patatas fritas con ketchup y Coca-Cola, la brutalidad y las cadencias infernales de su vida urbana —no nos imaginábamos que bien pronto no nos libraríamos de nada de eso en París. En Cambridge, fuimos seducidos por la hospitalidad y el interés que nuestros anfitriones ponían en las nuevas ideas. Descubrimos una especie de contra-sociedad que excavaba sus galerías bajo la corteza de la sociedad aparente, esperando poder emerger el gran día. Nunca habíamos visto tantos «existencialistas», es decir, gente decidida a «cambiar su vida» sin esperar nada del poder político, esperando vivir juntos de otra manera, poner en prácticas sus metas alternativas. Fuimos invitados por un think tank en Washington. Fuiste invitada a muchas reuniones de Bread and Roses y conseguiste que yo también pudiera ir. De vuelta a París, trajiste muchos libros de Our Bodies, Our Selves[2]. Teníamos un mundo en común en que apreciábamos aspectos diferentes. Nos enriquecían esas diferencias.
La estancia en Estados Unidos ayudó a hacer evolucionar nuestros puntos de interés. Me ayudó a comprender que las formas y los objetivos clásicos de la lucha de clases no pueden cambiar la sociedad, que la lucha sindical debía desplazarse a nuevos terrenos. El verano siguiente, acogimos con el más vivo interés el texto preparatorio de un seminario en que una veintena de personas debían participar en Cuernavaca, México. No sé cómo Jean Daniel consiguió el texto. Su título provisional era Retooling Society. Comenzaba afirmando que la búsqueda del crecimiento económico iba a suponer todo tipo de catástrofes que amenazarían la vida de mil maneras distintas. Se oía como un eco del pensamiento de Jacques Ellul y de Günter Anders: la expansión de las industrias transforma la sociedad en una gigantesca máquina que, en lugar de liberar a los humanos, restringe su espacio de autonomía y determina qué metas pueden perseguir y cómo. Nos convertimos en servidores de esta megamáquina. La producción ya no está a nuestro servicio, nosotros estamos al servicio de la producción. Y en razón de la profesionalización simultánea de servicios de todo tipo, nos volvemos incapaces de autodeterminar, hacernos cargo de nuestras necesidades y de satisfacerlas por nosotros mismos. Dependemos para todo de «profesiones incapacitantes».
Discutimos ese texto durante nuestras vacaciones estivales. Estaba firmado por Ivan Illich. Empleaba la idea de «autogestión», que estaba de moda en toda la izquierda, desde una perspectiva nueva. Confirmaba la urgencia de una «tecnocrítica», de la refundición de las técnicas de producción de la que habíamos visto en Harvard a uno de sus protagonistas. Legitimaba la necesidad de expandir nuestro espacio de autonomía, de no pensarlo solamente como una necesidad privada. Probablemente jugó un papel en nuestro proyecto de construir una verdadera casa. Tú diseñaste los planos durante unas vacaciones de verano: una casa en «U».
Así entramos juntos en la era de lo que iba a convertirse en la ecología política. Se nos apareció como una prolongación de ideas y movimientos de 1968. Frecuentamos a los de La Gueule ouverte y Sauvage, Michel Rolant y Robert Laponche, en búsqueda de otra orientación de la tecnociencia, de la política energética y del modo de vida[3].
Nos vimos con Illich por primera vez en 1973. Quería invitarnos a un seminario sobre medicina, previsto para el año siguiente. No nos imaginábamos que la crítica de la tecnomedicina iba a coincidir bien pronto con nuestras precoupaciones personales.
En 1973, trabajabas en Ediciones Galilée, en la creación de un servicio de derechos internacionales. Ibas a gestionarlo durante tres años. Los fines de semana íbamos de excursión a la obra de nuestra futura casa. Todo nos unía. Pero tu vida se veía importunada por contracturas y dolores de cabeza sin explicación. Tu kinesiólogo te suponía hipernerviosa; tu médico, después de exámenes en vano, te prescribió tranquilizantes. Los tranquilizantes te deprimieron hasta el punto de que, sin poder explicártelo, te echabas a llorar. Y no volviste a tomarlos.
Fuimos a Cuernavaca el verano siguiente. Yo había estudiado la documentación que Illich había reunido en vistas de su Némesis Médica. Estaba claro que yo haría artículos al salir el libro. El primero se titulaba «Cuando la medicina hace enfermar». La mayoría de gente estimaría hoy día que anunciaba lo evidente. En aquella época, sólo hubo tres cartas de médicos que no lo atacaran. Una estaba firmada por Court-Payen. Señalaba la diferencia entre síndrome y enfermedad y defendía una concepción holística de la salud.
Fui a ver a ese doctor cuando tu estado de salud se agravó dramáticamente. No podías echarte, de tanto que te dolía la cabeza. Pasabas la noche de pie en el balcón o sentada en una butaca. Había querido creer que lo teníamos todo en común, pero tú estabas sola en tu desamparo.
En la radiografía de todos los raquis, cabeza incluida, que te hizo hacer, el doctor Court-Payen constató la presencia de bolas de productos de contraste, diseminadas en el canal raquidiano, de las lumbares hasta la cabeza. Ese producto, el lipiodol, te había sido inyectado ocho años antes, para una operación de hernia discal paralizante. Oí al radiólogo tranquilizándote: «Eliminará el producto en diez días». Al cabo de ocho años, una parte del líquido había subido hasta las fosas craneanas, otra parte se había enquistado al nivel de las cervicales.
Fue a mí a quien Court-Payen comunicó su diagnóstico: tenías aracnoiditis; no había ningún tratamiento para esta afección evolutiva.
Me hice con una treintena de artículos publicados sobre las mielografías en las revistas médicas. Escribí a los autores de algunos de esos artículos. Uno de ellos —un noruego, Skalpe—, que había hecho autopsias a humanos y animales de laboratorio, había demostrado que el lipiodol jamás se elimina y provoca patologías degenerativas. Su carta terminaba con estas palabras: «Doy gracias a Dios por no haber utilizado jamás ese producto». La carta de un profesor de neurología del Baylor College of Medicine (Texas) no fue la más alentadora: «La aracnoiditis es una afección en la que los filamentos que recubren la médula espinal propiamente dicha y, a veces, el cerebro, forman un tejido cicatricial que comprime tanto la médula espinal como las raíces nerviosas que salen y entran. Diversas formas de parálisis y/o de dolores pueden seguirse. La inhibición de ciertos nervios o un tratamiento medicamentoso podrían ayudar».
No tenías nada más que esperar de la medicina. Rechazabas acostumbrarte a tomar antálgicos y depender de ellos. Decidiste hacerte cargo de tu cuerpo, tu enfermedad, tu salud; tomar el control sobre tu vida en lugar de dejar a la tecnociencia médica tomar el control sobre tu relación con tu cuerpo, contigo misma. Entraste en contacto con una red internacional de enfermos que se animaban intercambiando informaciones y consejos, después haberme topado como tú con la ignorancia, y, a veces, con la mala voluntad del cuerpo médico. Te iniciaste en el yoga. Tomaste posesión de ti dominando tus dolores gracias a viejas autodisciplinas. La capacidad de comprender tu mal y de hacerte cargo de él te parecían el único medio de no ser dominada por él y por los especialistas que te transformarían en consumidora pasiva de medicación.
Tu enfermedad nos volvía a llevar al terreno de la ecología y de la tecnocrítica. Mis pensamientos no te abandonaban mientras preparaba para una revista un dossier sobre medicinas alternativas. La tecnomedicina me parecía una fuerza particularmente agresiva de lo que Foucault iría a llamar más tarde el biopoder —el poder con que los dispositivos técnicos se hacen hasta con la relación íntima de cada uno consigo mismo.
Dos años más tarde, fuimos invitados una segunda vez a Cuernavaca. Teníamos que ir después a Berkeley, y a La Jolla, cerca de San Diego, a casa de Marcuse. Te tomé de imprevisto una foto, de espalda: caminas en el agua en la gran playa de La Jolla. Tienes cincuenta y dos años. Eres maravillosa. Es una de las imágenes de ti que prefiero.
Observé largo tiempo esa foto a nuestro regreso, cuando me dijiste que te preguntabas si no tendrías cáncer. Ya te lo preguntabas antes de nuestra salida hacia Estados Unidos pero no quisiste decírmelo. ¿Por qué? «Si debo morir, quisiera ver antes California», me dijiste tranquilamente.
Tu cáncer de endometrio no había sido detectado en los exámenes anuales. Hecho el diagnóstico, fijada la fecha de operación, fuimos ocho días a la casa que habías concebido. Grabé tu nombre en la piedra con un buril. Esa casa era mágica. Todos los espacios tenían forma trapezoidal. Las ventanas de la habitación daban a la copa de los árboles. La primera noche no dormimos. Cada uno oía la respiración del otro. Después un ruiseñor se puso a cantar y un segundo, más lejos, a contestarle. Nos hablamos muy poco. Me pasaba la jornada cavando y levantaba de tanto en tanto la vista hacia la ventana de la habitación. Tú tenías, inmóvil, la mirada fija a lo lejos. Estoy seguro de que te esforzabas por domeñar a la muerte para combatirla sin temor. Estabas tan bella y resuelta en tu silencio que no podía imaginar que pudieras renunciar a vivir.
Me tomé un permiso del diario y compartí tu habitación en la clínica. La primera noche, por la ventana abierta, escuché la novena sinfonía de Schubert entera. Me quedó gravada. Recuerdo cada momento pasado en la clínica. Pierre, el amigo médico del cnrs, que venía a saber de tus progresos cada mañana, me dijo: «Vives momentos de una intensidad excepcional. Los recordarás siempre». Quise saber las posibilidades de vida a cinco años que te daba el oncólogo. Pierre me trajo la respuesta: «Fifty fifty». Me dije que en definitiva debíamos vivir nuestro presente en lugar de proyectarnos siempre en el futuro. Leí dos libros de Ursula LeGuin traídos de Estados Unidos. Me confortaron en esta decisión.
A tu salida de la clínica volvimos a nuestra casa. Tu ánimo me hacía cambiar de opinión y me tranquilizaba. Habías escapado de la muerte y la vida tomaba un nuevo sentido y un nuevo valor. Illich lo comprendió inmediatamente cuando volviste a verle meses más tarde, en una velada. Te miró largamente a los ojos y te dijo: «Usted ha vuelto del otro lado». No sé qué respondiste ni qué más os dijisteis. Pero él, inmediatamente después, me dijo estas palabras: «¡Mira! Ahora comprendo lo que representa para ti».
Habías visto «el otro lado»; habías vuelto del país del que no se vuelve. Esto había cambiado tu punto de vista. Tomamos la misma resolución sin consultarnos. Un romántico inglés la ha resumido en una frase: «There is no wealth but life»[4].
Durante tus meses de convalecencia, decidí jubilarme a los sesenta. Me puse a contar las semanas que me faltaban. Aprendí a disfrutar de cocinar, a encontrar los productos biológicos que te ayudarían a recuperar las fuerzas, a pedir en Wagram los preparados magistrales que te recomendó un homeópata.
La ecología se volvió un modo de vida y una práctica cotidiana sin dejar de implicar la exigencia de otra civilización. Había llegado a la edad en que uno se pregunta qué ha hecho de su vida, qué habría querido hacer. Tenía la impresión de no haber vivido mi vida, de haberla siempre observado a distancia, de no haber desarrollado más que un lado de mí mismo y de ser pobre como persona. Tú eras y siempre habías sido más rica que yo. Te extendías en las tres dimensiones. En la vida, tenías los pies en el suelo; mientras yo estaba siempre impaciente por pasar a la tarea siguiente, como si nuestra vida sólo fuera a comenzar más tarde.
Me preguntaba qué era lo inesencial, a qué debía renunciar para pasar a lo esencial. Me dije que, para comprender las perturbaciones que se anunciaban en todos los ámbitos, hacía falta más espacio y tiempo de reflexión del que me permitía el ejercicio a tiempo completo de la profesión de periodista. No esperaba nada verdaderamente innovador de la victoria de la izquierda en 1981 y así te lo dije después de verme con dos ministros del gobierno Mauroy el día después de su nombramiento[5]. Me sorprendió que mi salida del diario, después de veinte años de colaboración, no fuera una pena ni para mí mismo ni para los demás. Recuerdo haber escrito a E. que a fin de cuentas sólo me era esencial una cosa: estar contigo. No me puedo imaginar seguir escribiendo si ya no estás. Tú eres lo esencial sin lo que todo lo demás, por muy importante que me parezca en tanto que estás ahí, pierde su sentido y su importancia. Te lo he dicho en la dedicatoria de mi último escrito[6].
Veintitrés años han pasado desde que nos fuimos a vivir al campo. Al principio en «tu» casa, con esa armonía meditativa que liberaba. No la disfrutamos más que tres años. La obra de una central nuclear nos echó. Encontramos otra casa, muy antigua, fresca en verano, cálida en invierno, con un gran terreno. Has podido ser feliz allí. Ahí donde no había más que un prado hiciste un jardín de setos y de arbustos. Planté doscientos árboles. Durante algunos años aún viajamos algo; pero las vibraciones y sacudidas de los medios de transporte, cuáles fueran, te producían dolores de cabeza y en todo el cuerpo. La aracnoiditis te ha obligado a abandonar poco a poco la mayoría de tus actividades favoritas. Sabes cómo ocultar tus sufrimientos. Nuestros amigos te encuentran «en plena forma». No has dejado de animarme a escribir. En el transcurso de los veintitrés años pasados en nuestra casa, he publicado seis libros y centenares de artículos y entrevistas. Hemos recibido decenas de visitantes venidos de todos los continentes y he concedido docenas de entrevistas. Seguramente no he estado a la altura de la resolución tomada hace treinta años: vivir plenamente en el presente, atento sobre todo a la riqueza de nuestra vida en común. Reviso ahora los instantes en que tomé tal resolución con un sentimiento de urgencia. No tengo ninguna obra mayor en marcha. Ya no quiero —según la fórmula de Georges Bataille— «remitir la existencia a más tarde». Estoy por ti como en nuestros inicios y me encantaría hacértelo sentir. Me has dado toda la vida y todo de ti; me encantaría poder darte todo de mí durante el tiempo que nos queda.
Acabas de cumplir ochenta y dos años. Continúas siempre bella, graciosa y deseable. Hace cincuenta años que vivimos juntos y te quiero más que nunca. He vuelto a enamorarme de ti otra vez y llevo de nuevo en mí un vacío voraz que no se colma más que con tu cuerpo apretado al mío. Por la noche a veces veo la silueta de un hombre que, en una carretera vacía y en un paisaje desierto, marcha tras un coche fúnebre. Yo soy ese hombre. Es a ti a quién lleva el coche. No quiero asistir a tu cremación; no quiero recibir una urna con tus cenizas. Escucho la voz de Kathleen Ferrier que canta «Die Welt ist leer, Ich will nicht leben mehr»[7], y me despierto. A ninguno le gustaría tener que sobrevivir a la muerte del otro. A menudo nos hemos dicho que si, por imposible que sea, tuviéramos una segunda vida, querríamos pasarla juntos.
21 de marzo-6 de junio de 2006
* Traducció i notes de Joaquín Valdivielso.
NOTAS
[1] Vive la révolution (vlr) era un grupo de tendencia maoísta, festivo y libertario, codirigido por Tiennot Grumbach, conocido abogado laboralista y líder sesentayochistas prosindicalista; Bernard-Henri Lévy, filósofo mediático, millonario y cabeza visible de los «nuevos filósofos» franceses, codirigía en 1968 la organización también maoísta, de raíz marxista-leninista, Gauche prolétarienne (GP), «Izquierda proletaria», que publicaba el diario La cause du peuple.
[2] El clásico del feminismo Our Bodies, Ourselves, Boston, Boston Women’s Health Book Collective, 1973.
[3] La Gueule Ouverte, «La boca abierta», fue la primera revista ecologista francesa, fundada en 1972 por Pierre Fournier; le siguió Le Sauvage, «El salvaje», editada desde 1973.
[4] «No hay más riqueza que la vida», de John Ruskin.
[5] Se refiere al primer gobierno de Miterrand, tras la victoria en las elecciones presidenciales de Francia.
[6] «Grâce a Dorine, sans qui rien ne serait», «Gracias a Dorine, sin quien nada sería», dedicatoria de L’immatériel, 2003.
[7] Cantante británica (1912-1953): «El mundo está vacío, ya no quiero vivir más».
