La crítica al crecimiento económico desde la economía ecológica y las propuestas de decrecimiento

(Jordi Roca Jusmet[1]. Ecología Política, nº 33. Editorial Icaria. Barcelona. 14/06/2007.)

Los indicadores actuales de crecimiento económico

El objetivo del crecimiento económico que se cuestiona en estas Jornadas no es un concepto abstracto de crecimiento económico. Cuando los políticos y economistas se refieren actualmente a él lo miden mediante unos indicadores cuantitativos muy específico; por lo tanto, para armarse de argumentos en el debate hay que conocer estos indicadores y sus deficiencias y a ello me referiré en primer lugar centrándome sobre todo en las críticas que tienen que ver con los problemas de agotamiento de recursos y degradación ambiental.

El principal indicador de crecimiento hoy es el Producto Nacional Bruto. Este indicador por supuesto no ha existido siempre sino que se consolidó tras la segunda guerra mundial a partir de determinadas convenciones establecidas por las Naciones Unidas. Inicialmente su objetivo era puramente descriptivo: medir el nivel actividad económica como un todo.

El PNB parte de una definición muy estrecha de actividad económica: con algunas excepciones básicamente registra las actividades que cuestan dinero y generan ingresos sean mercantilizadas o pagadas por el sector público. Producir es, pues, generar ingresos. Un profesor contratado por el sector privado o público es productivo porque cuesta dinero como también es productivo un militar o una empresa de publicidad; en cambio, la actividad de cocinar o de cuidar a personas -que sobre todo hacen las mujeres- no lo es si se hace a nivel doméstico.

Producto Nacional equivale entonces a Renta (o Ingreso) Nacional [2]. EL PN o RN rápidamente se utilizó como indicador de éxito económico, de si las cosas van mejor o peor económicamente –crecer un 3% se considera sin duda mejor resultado que crecer un 1%- y, además, los países tienden a ordenarse según su Renta Nacional per capita para tener una primera idea de si están mejor o peor económicamente.

Las críticas al PN, y sobre todo a su uso normativo-valorativo, son muchas y aquí me centraré en tres consideraciones que tienen que ver con el hecho de que la economía pertenece a un sistema más amplio, la naturaleza o biosfera.

En primer lugar, el Producto Nacional suma igual actividades basadas en la explotación de recursos naturales no renovables o en la de recursos renovables y hablamos, por ejemplo, de producir petróleo como de producir trigo o patatas aún cuando toda extracción de petróleo tiene como contrapartida una menor disponibilidad futura. Tampoco hay ninguna distinción entre explotar recursos naturales renovables de forma sostenible o no sostenible: la contribución de la pesca al PN sólo depende del valor monetario de las capturas con independencia de si están disminuyendo o no las poblaciones de peces, que es la base de la actividad.

Quien ha estudiado economía sabe que la Contabilidad Nacional se preocupa de distinguir entre Producto Nacional Bruto y Producto Nacional Neto. La diferencia es que para calcular el Producto Neto se descuenta la amortización –el valor estimado del desgaste, la depreciación, de las máquinas, los edificios, las herramientas de trabajo,…. Implícitamente se está suponiendo que la única condición para mantener el nivel de producción indefinidamente es hacer frente a esta depreciación. Esto es el que dice cualquier manual de macroeconomía: si haces frente a la depreciación del capital la producción puede continuar indefinidamente al mismo nivel; si la inversión bruta supera la depreciación, la producción crecerá. Se supone que el flujo de recursos naturales está asegurado, que es un recurso “libre”: curioso supuesto cuando es posible, por ejemplo, que el petróleo que ya hemos extraído quizás sea o no se aleje mucho de la mitad de todo el que llegaremos a explotar. Pero no debe extrañarnos cuando reputados manuales de crecimiento económico ni siquiera contienen la voz energía o recursos naturales.

Una segunda consideración es que en el PN sumamos el valor de los bienes y servicios que producimos y consumimos pero nos olvidamos que a menudo la contrapartida de las actividades de producción y consumo es la degradación ambiental que también afecta a nuestra salud y calidad de vida y a la de las generaciones futuras e incluso puede poner en peligro la supervivencia. Contamos los bienes y servicios “económicos” (que se suponen bienes porque generan dinero sin entrar a analizar para qué se utilizan) pero olvidamos los “males asociados”. Esto no quiere decir que lo mejor sea restar dichos males. Ello sólo podríamos hacerlo midiéndolo todo en dinero y el remedio podría ser peor que la enfermedad. Pero sí quiere decir que hay unos “costes ocultos” que no debemos olvidar sino poner en primer plano.

Pero aún hay una tercera línea de crítica. Se trata de que los propios problemas ambientales generan a menudo gastos monetarios para intentar evitarlos o reducirlos, gastos que se han denominado compensatorios o defensivos. Así, más residuos y más problemáticos pueden comportar más dinero gastado en su gestión; más accidentes petroleros, más dinero gastado en limpieza y restauración. Estos gastos no son para estar mejor sino para no empeorar, para protegerse de los propios males de las actividades económicas, y, por tanto, conceptualmente son costes de las actividades de producción y consumo. Sin embargo, cuando son asumidos por las administraciones públicas o por los ciudadanos aparecen en el activo y no en el pasivo: como nuevos servicios que antes no teníamos y que generan ocupación e ingresos y, en consecuencia, aumentan el PN y la RN.

La crítica al objetivo del crecimiento del Producto Nacional

Como podemos concluir del apartado anterior, la primera crítica a la identificación de más crecimiento con más bienestar económico es el olvido de los costes asociados al crecimiento que afectan al nivel de vida actual y futuro. Costes ecológicos, económicos y también otros costes sociales: quizás el crecimiento a veces sea a costa más horas de trabajo, de mayor movilidad, de mayor competencia agresiva entre las personas…

Hay, además, otro aspecto esencial. Cuando se busca el crecimiento de la renta a toda costa no sólo se olvidan los costes que lleva asociados, también se exageran muchísimo los beneficios que comporta. En las sociedades ricas el consumo creciente no satisface en general las desmesuradas aspiraciones que genera. En estas sociedades tan volcadas hacia el consumo el elemento económico que más parece influir en la mayor o menor sensación de satisfacción o de felicidad no es tanto el consumo absoluto como el relativo respeto los otras personas. Esta evidencia está ahora bastante moda entre algunos economistas –incluso se habla de la “economía de la felicidad”- pero ya hace muchas décadas que algunos autores lo habían señalado: como Fred Hirsch quien a comienzos de los años 70 hablaba de la creciente importancia del consumo posicional –un complejo concepto que abarcaba entre otros aspectos esta idea de la importancia del nivel relativo de consumo [3].

No creo en los intentos de resumir en un número el bienestar, y los resultados de las encuestas se han de tomar con cierta prevención. Pero la evidencia histórica parece concluyente por poco que las respuestas se aproximen a la realidad: por ejemplo en los EEUU desde los años 1950s hasta la actualidad no parece haber ninguna mejora en la percepción subjetiva del nivel de felicidad sino más bien lo contrario a pesar del enorme aumento en los ingresos medios. La comparación entre países tampoco muestra –una vez superado un nivel de renta- ninguna correlación clara entre nivel de felicidad y renta per cápita.

La desigualdad –y por supuesto la publicidad- es uno de los factores que acrecienta la competencia por el consumo. Se trata de una carrera dónde gastamos energía y materiales pero no ganamos posición relativa (o si unos la ganan otros la pierden). Además, la meta también se va desplazando porque el consumo tiene mucho de adaptativo: buscamos más consumo pero el nuevo estándar rápidamente se convierte en nuevo punto de referencia.

El concepto “desarrollo sostenible” y su identificación con “crecimiento sostenible”

El concepto “desarrollo sostenible” adquirió relevancia hace ahora justamente 20 años con el famoso Informe Bruntland de las Naciones Unidas –nuestro futuro común- y desde entonces ha tenido una difusión extraordinaria. Esto es positivo en la medida que refleja la creciente preocupación por el agotamiento de recursos y por la degradación ambiental.

Sin embargo, gran parte del éxito del término desarrollo sostenible se debe a su ambigüedad y, aún más, al hecho de que tradicionalmente se había identificado “desarrollo económico” con “crecimiento económico” de forma que el término desarrollo sostenible se identificaba -y se identifica- a menudo con crecimiento sostenible. Incluso sostenible se asemeja a sostenido y era fácil pensar que entre el objetivo del desarrollo sostenible y el tradicional del crecimiento sostenido no habían grandes contradicciones cuando en realidad nada hay más contradictorio con poner en primer plano los problemas de sostenibilidad ambiental que mantener el objetivo de mantener las tasas de crecimiento. Esta frecuente identificación entre los términos desarrollo sostenible y crecimiento sostenible tiene dos consecuencias muy negativas.

La primera consecuencia negativa es que impide ver cuáles son las auténticas raíces de la actual crisis ecológica. La crisis ecológica actual tiene una dimensión que no puede entenderse en absoluto si no se tiene en cuenta el factor escala. La economía ha crecido ocupando cada vez más espacio de la naturaleza; para utilizar la metáfora de Herman Daly hemos pasado de un mundo relativamente vacío de actividad humana a mundo un relativamente lleno de ella [4]. Ocupación de espacio en sentido estricto (espacio urbanizado, de infraestructuras, espacio transformado para cultivos y plantaciones,…) pero también espacio en sentido más figurado (mayor parte del flujo de agua que mueve el ciclo hidrológico canalizado para usos humanos, mayor apropiación de la producción primaria de las plantas, mayor ocupación de la atmósfera con residuos,…).

Del aumento de ocupación del “espacio ambiental” hay muchos indicadores cuantitativos que, sin embargo, creo imposible resumir en una única cifra a pesar de los bienintencionados –pero poco convincentes metodológicamente- intentos de calcular la “huella ecológica” de las diferentes sociedades. Este índice ha tenido un enorme papel para divulgar la idea de que nuestras sociedades han superado los límites ecológicos pero como máximo se debe considerar un muy imperfecto indicador junto a otros.

Sólo en referencia al aumento de escala, podemos entender el carácter global y no sólo local de las alteraciones ambientales (y, en lugar destacado, la capacidad de cambiar la composición atmosférica con su efecto sobre el clima global). Este aumento del tamaño del sistema económico ha sido debido al crecimiento demográfico de la población pero también –o sobre todo- al creciente consumo de recursos por capita sobre todo en una parte del mundo que ha acompañado al crecimiento económico. Podríamos decir que el problema no es sólo la población de personas sino también la población de coches, de ganado, de aires acondicionados, de máquinas, de bienes de consumo,…

La segunda consecuencia negativa de la identificación entre desarrollo sostenible y crecimiento sostenible es que mantiene el que un autor ha denominado en un reciente libro “el fetiche del crecimiento económico” [5]. Lo urgente es revisar el papel del crecimiento económico (es decir, del aumento de magnitudes como el PN o la RN) como indicadores básicos de éxito económico.

¿Quiere ello decir que debemos renunciar totalmente al concepto desarrollo? En mi opinión, no necesariamente. Desarrollarse es un término que puede querer decir muchas cosas y se puede también equiparar a evolucionar a mejor, cubrir las necesidades básicas de los que no las tienen cubiertas y aumentar las capacidades humanas. Esto, desde luego, implicará normalmente que la gente muy pobre consuma más alimentos, disponga de más agua potable, utilice más energía, acceda a más medicamentos… pero los ricos podemos tener las necesidades básicas satisfechas y nos podemos desarrollar como personas consumiendo mucha menos energía, agua, materiales,… Es imperativo hacerlo si pensamos que ya utilizamos demasiados recursos, especialmente si pensamos que debemos dejar “espacio” para que otros mejoren su situación.

Sobre las relaciones teóricas y empíricas entre crecimiento económico tal y como lo medimos y la presión ambiental.

Las relaciones entre crecimiento económico –tal y como se mide- y la sostenibilidad ambiental son, por lo tanto, tremendamente conflictivas pero son también complejas, y no debemos olvidarlo. Las economías cambian a lo largo del tiempo –en tecnologías y peso de los diferentes sectores económicos- de forma no se puede descartar a priori que el crecimiento del PN vaya acompañado en algunos lugares y momentos históricos de menor uso de recursos naturales y menores impactos ambientales. Veamos dos ejemplos en este sentido.

Supongamos que aumentan los impuestos de forma que un conjunto de personas ve disminuir su renta disponible y supongamos que con este dinero el gobierno contrata trabajadores para atención domiciliaria a la población de mayor edad. El PN aumentará ya que habrá un nuevo servicio pero no necesariamente aumentarán los problemas ambientales. Las personas contratadas quizás gastarán en consumo una cantidad similar a la que los afectados por los nuevos impuestos detraemos de nuestro consumo. Los impactos del nuevo consumo no serán idénticos pero no sabemos en qué dirección se moverán.

Vamos al segundo ejemplo. Si se me estropea un aparato y decido arreglarlo en vez de comprar uno nuevo, ello también generará ingresos que se suman en el PN; de hecho si la reparación fuese más cara que la producción de nuevo aparato (lo que, desde luego, hace improbable la reparación) la reparación comportaría mayor PN que la nueva producción.

La conclusión es que el nivel del PN es un determinado clave de los impactos ambientales pero también es extremadamente importante su composición y las tecnologías utilizadas. Dicho esto, es totalmente verdad que la experiencia histórica muestra que el crecimiento suele en general más que contrarrestar las posibles mejoras parciales; en otras palabras, las mejoras en eficiencia son fácilmente compensadas por el factor escala.

Un ejemplo “sectorial” es el de los coches. Los coches actuales son en promedio menos consumidores de energía (aunque también han proliferado los 4×4,…) que los de hace décadas pero el aumento del parque automovilístico y de los kilómetros recorridos ha comportado que el consumo energético y las emisiones de CO2 del sector transporte no han dejado de aumentar (a veces la propia mejora de eficiencia en el uso de un recurso natural es uno de los factores que estimula su mayor uso debido a que el precio del servicio que obtenemos disminuye: es el llamado “efecto rebote”).

La evidencia empírica a nivel agregado es también contundente: no hay signos de que las economías ricas se estén “desmaterializando”. Las toneladas de materiales que se movilizan como base de estas economías no disminuyen en términos absolutos sino que en general pasa lo contrario (aun cuando a veces los movimientos de materiales que generan quedan “ocultos” por la globalización al producirse en otros países). Cuando la gente es más rica podría gastar el dinero en cosas no materiales pero el hecho es que va más en coche, viaja más en avión, tiene más segundas y terceras residencias, come más carne, tiene más aires acondicionados, etc… y esto provoca más impactos que raramente son totalmente compensados por mejoras tecnológicas.

Algunas consideraciones sobre el “decrecimiento” como objetivo

Concluiré con unos breves comentarios sobre cómo veo el término “decrecimiento” (sostenible) aplicado a los países ricos.

Por una parte, la idea del decrecimiento (y mucho más la de “objetores del crecimiento”) me provoca mucha simpatía, por lo que supone de oposición radical a la ideología actual sobre la bondad del crecimiento, ideología que comparten los que hablan de “crecimiento sostenible”. La respuesta es: ¿por qué no el decrecimiento si nuestros niveles de consumo de muchas cosas son claramente excesivos? Me gustó oír en estas mismas jornadas al propio Serge Latouche [6] decir que el término más que un modelo o una teoría es un eslogan mediático que tiene como objetivo la provocación. Me gustó oírlo porque éste es el aspecto del término que me despierta simpatía.

Pero también tengo un cierto distanciamiento respeto a la consigna del decrecimiento porque si lo que quiere decir es decrecimiento del PN no deja de ser una consigna atrapada en cierta forma en el mismo universo de la contabilidad macroeconómica donde unos indicadores muy agregados y parciales se convierten en indicadores sobre si las cosas van bien o van mal. No estoy nada seguro de que la respuesta más radical a la ideología del crecimiento del PN sea la defensa del decrecimiento.

La respuesta más radical quizás es decir que en realidad no nos importa si el PN crece o no crece. Lo que nos importa es cubrir las necesidades básicas de todo el mundo, que las actividades económicas nos hagan más felices y no menos y que no hipotequemos la satisfacción de las necesidades de las generaciones futuras y de otras poblaciones. Para ello los países ricos debemos reducir radicalmente el “espacio ambiental” que ocupamos y a nivel económico muchas cosas deben decrecer –la propiedad y uso de coches, la construcción, la publicidad,…- pero otras deben crecer –los servicios de transporte público, la atención a la gente mayor, las reparaciones, el reciclaje,…

¿Sería menor el PN en una sociedad menos insostenible que pusiese en primer plano las necesidades humanas y no la obtención de beneficios? Con toda probabilidad, pero en todo caso ello es lo de menos. El PN puede crecer por buenas o malas razones y también puede decrecer por buenas o malas razones.

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[1] Este artículo es una versión revisada –y traducida del catalán- de la charla titulada “La critica al creixement econòmico des de l’economia ecològica” realizada en el marco de Las Jornadas sobre decrecimiento, Barcelona, 7-11 marzo 2007, http://www.decreixement.net.

[2] Y Producto Interior a Renta Interior. La pequeña diferencia entre Renta Interior y Nacional es que la primera se refiere a los Ingresos obtenidos en un territorio independientemente de quien los obtenga; en cambio, la perspectiva “Nacional” se refiere a los ingresos obtenidos por los residentes en un territorio independientemente de donde los obtengan.

[3] F. Hirsch, Social Limits to Growth, Harvard Unviersity Press, 1977 (existe traducción: Los límites sociales al crecimiento, Fondo de Cultura Económica, México).

[4] Daly, H. E. (1999), “Steady-state economics: avoiding uneconomic growth” en J.C.J.M. van den Bergh (ed), Handbook of Environmental and Resource Economics, Edward Elgar, Chelktenham, UK.

[5] Hamilton, C., El fetiche del crecimiento económico, ediciones Laetoli, 2006.

[6] Me refiero a la conferencia impartida en el mismo marco de Las Jornadas sobre decrecimiento, Barcelona, 7-11 marzo 2007, http://www.decreixement.net.

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