Espectáculo

(per Rubén Rial. Text extret de Diario de Mallorca, 27/01/2010.)

Parece que la polémica sobre los toros está amainando; es imposible mantener el interés periodístico durante tiempo indefinido y los asuntos que un día llenan las primeras páginas, rápidamente pasan a las terceras y finalmente desaparecen. Pero en esto de los toros todavía sigue apareciendo un goteo de opiniones, respuestas y contrarrespuestas. Como el asunto me resulta particularmente sensible, ruego que me perdonen si añado un poco más.
En la antigua Roma, el circo era un espectáculo de muerte donde unos gladiadores luchaban por la vida o algunas veces los cristianos eran devorados por los leones. No hace tantos años, cuando la pena de muerte aún formaba parte de la mayoría de códigos legales, las ejecuciones eran públicas y la guillotina o la horca se levantaban en las plazas públicas. La gente madrugaba y hacía cola para conseguir las mejores localidades. Si además, el reo organizaba un buen espectáculo, con llantos, gritos o maldiciones, la cosa era aún más divertida. No muy lejos en el tiempo, Santo Tomás de Aquino, el Doctor Iluminado, afirmó que uno de los “placeres” de los salvados en la Gloria sería contemplar los sufrimientos de los condenados. Nos imaginamos al coro de elegidos mirando desde allí arriba, disfrutando con los gritos y la desesperación de los desdichados sometidos al fuego eterno.

Supongo que el espectáculo taurino no puede compararse con el del martirio de un cristiano, ni con el de la ejecución de un ser humano, por muy criminal que sea, ni tampoco con el que quizás podrían disfrutar los salvados viendo el fuego del infierno. Pero creo que en cualquiera de los casos es necesario distinguir dos cosas. Algo bastante triste es que la justicia humana muchas veces haya incluido la pena de muerte. También me parece triste que la justicia divina implique condenación y sufrimientos eternos. Y de la misma forma, es triste que un animal muera para servir de comida para otro y aún así, no tengo mucho que añadir. Simplemente que la muerte cruel es consecuencia de una ley más fuerte y mas segura que cualquiera de las que ponga la justicia humana o incluso la justicia de un Dios creado a imagen del hombre. De hecho, la muerte natural no existe en la naturaleza: exceptuando al ser humano moderno, todos, absolutamente todos los animales algún día terminarán sirviendo de cena a algún otro, el cual tampoco se librará de una muerte parecida. Por supuesto, la especie humana, el mayor depredador de la naturaleza constantemente ha cazado y mantenido animales para ser consumidos como alimento, animales que, necesariamente, han de morir.

Pero una cosa completamente diferente y en mi opinión absolutamente despreciable, es el dolor y la muerte como espectáculo. Las ejecuciones públicas de tiempos anteriores y las que aún existen en algunos lugares del mundo son espectáculos obscenos. Los sufrimientos de los condenados en el infierno, si realmente hubiera alguien que disfrutase contemplándolos, serían espectáculos obscenos. Y de la misma forma, el prolongado martirio y la muerte de un toro acorralado es un espectáculo obsceno. Sin olvidar que la contemplación del terror del torero, más o menos controlado, pero indudable, es también un espectáculo obsceno.

No me sirve de consuelo que en muchos otros lugares del mundo hagan cosas parecidas o incluso peores. Lamentaré mucho ver sucia la acera de mi vecino, pero sobre todo me gustaría ver limpia la mía, libre de espectáculos obscenos.

La muerte es algo normal en la naturaleza. Es normal incluso la muerte más cruenta, el despedazamiento en vivo de un animal bajo las garras y los dientes de otro. Pero la especie humana es la única capaz de disfrutar viendo sufrir y morir a otro ser vivo, ya sea un cristiano, un criminal, un condenado, un toro o un torero. Muchas veces utilizamos la palabra “inhumano” para significar un comportamiento indigno. Pero la verdad es que los toros no son inhumanos. Son, como las ejecuciones públicas, prototipos de comportamiento distintamente humano. Pero como en muchos otros casos, no puedo dudar que si la humanidad escapase de algunas de sus peores cualidades, progresaría. Si llegaba el día en que, lejos de disfrutar con el sufrimiento ajeno, lo sintiéramos como propio, quizás nos acercaríamos un poco al soñado ideal de humanidad.

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