(per Marina Garcés. Archipiélago, nº 68. Barcelona. 2005.)
En mí. Contra mí
Supongamos que soy una mujer joven, blanca y con estudios. ¿Cuál es mi lugar en el mundo? ¿La familia? ¿Mi trabajo? ¿El país en el que vivo? ¿La cultura a la que pertenezco? Familia, trabajo, nacionalidad o cultura son aspectos de la biografía que lleva mi nombre, pero el lugar en el mundo que hoy se le ofrece a esa mujer joven, blanca y con estudios que se supone que soy yo es su vida. Mi vida. Mi vida es mi único lugar en el mundo. Una vida por dibujar. Una vida por realizar. Una vida en la que escoger. Una vida de las que cuentan. Debe contar para mí, puesto que es mi patrimonio y mi obra. Pero cuenta también para un mundo que me ha situado entre ese 20% que tiene algo más que aportar que su sufrimiento. Las encuestas me interrogan, la publicidad me interpela, mi bienestar suma bienestar. Además, tengo papeles. Mis movimientos, libres, no encuentran fronteras. No he conocido un padre que imponga su ley. No tengo un patrón que discipline mi tiempo ni un marido que convierta lo doméstico en infierno o en servidumbre. Puedo hacer mi vida. Sólo puedo hacer mi vida.
¿De dónde surge este “sólo” que debo añadir a la frase con la que proclamo mi libertad? Este “sólo” señala que mi presunta libertad está atravesada por una obligación y por un límite. Sólo puedo hacer mi vida, porque no puedo hacer otra cosa que mi vida. Obligada a hacer mi vida porque nadie la va a hacer por mí. Limitada a hacer mi vida porque nada más tiene efecto. No hay apoyo y el mundo no se deja tocar.
Encontrarse con los textos con los que Santiago López Petit se ha empeñado en vivir puede tener efectos inesperados. Pero hay una enseñanza que resulta central: que hoy cada uno de nosotros tenga que relacionarse antes que nada con su propia vida no es una cuestión existencial, ni antropológica ni mucho menos personal. Es una condición política. En cuanto condición política, es analizable en sus determinaciones materiales (históricas, sociales, etc.) y en sus determinaciones ontológicas (relación con el ser). En cuanto condición política, además, transforma toda herramienta de análisis en exigencia de resistencia y de intervención. ¿Sólo puedes hacer tu vida? Pues conviértela en un acto de sabotaje. Así nos hablan los textos de S. López Petit. Pero para llegar a esta respuesta hay que recorrer un largo camino, un camino de preparación y de aprendizaje, del que El infinito y la nada es por ahora la máxima expresión.
Yo sin mí
A veces se bromea, entre amigos, que los libros de S. López Petit son como libros de autoayuda en negativo. Caen sobre quien se acerca a ellos como manuales de entrenamiento personal pero invierten los objetivos que estos textos nos acostumbran a proponer. Lo que en el ámbito de la autoayuda es el cultivo del bienestar, aquí se convierte en el ahondamiento y radicalización del propio malestar; lo que allí es la construcción de una vía de salvación/liberación hacia la felicidad individual, aquí es la puesta en pie de una vida política capaz de hacerse colectiva y levantarse como desafío. En uno y otro caso el punto de partida es la propia vida, pero si el primer camino nos tiene que llevar a la reconciliación con el ser, con nuestro propio ser, el que nos propone S. López Petit consiste en abandonarlo, en liberarnos de él. Del ser al querer vivir o, lo que será lo mismo, de la vida (que me pertenece) al querer vivir (que no me pertenece): éste es el camino para el que El infinito y la nada nos ofrece un detallado programa, que tendrá una doble dimensión, práctica y filosófica.
En su dimensión práctica, la propuesta se presenta de la siguiente manera: piensa a fondo tu vida de tal manera que “el saber del sí mismo perturbe el texto de nuestra vida y que el yo que lo organiza se desorganice” (p. 173). O dicho de otra forma: piensa a fondo tu vida pero no te busques a ti mismo. En su dimensión filosófica, a esta operación debe corresponderle “un programa de nominalización de la vida” (p. 143). Es una lástima no poder recoger aquí con más detalle los momentos e implicaciones de este doble desplazamiento.
De lo que se trata, en resumen, es de emprender un cuerpo a cuerpo con la vida del que podamos salir vencedores. Aunque toda vida es una victoria precaria … Para ello es preciso una doble provocación: por una parte, la que nos libere de la argolla del ser que aferra nuestra vida al sistema de coherencias y de renuncias que se organizan entorno al “yo soy”, sus preguntas (quién soy) y sus problemas (autoestima, identidad, representación …). Por otra parte, la que nos libere de las hipostatizaciones en las que la vida, como concepto, reconduce y unifica, bajo diversas figuras, la ambivalencia que nos constituye. Una y otra remiten a una misma experiencia: la zozobra que nos invade cuando por un momento sentimos que no encajamos en nuestra vida. Esta inadecuación, fuente de malestar, nos aboca tanto a una descomposición del texto de nuestra vida que no toca fondo, como a una recomposición de su empeño para la que no hay ni cielo ni techo. La zozobra es el encuentro con el infinito y la nada que nos atraviesan. La zozobra es la experiencia que nos abre al querer vivir. El querer vivir, como contracción del infinito que lo expande y de la nada que destruya al ser, ya no es ni tu vida ni la vida. Buceando en mi vida he salido a mar abierto. Pero este mar no tiene orillas y yo no tengo otros pulmones que los míos. La provocación, este cuerpo a cuerpo con la vida, es un liberación que no te libera de ti mismo. Te perturba y te transforma pero no te salva. El infinito y la nada no es un libro místico. Es el libro de una ontología de la subversión, de una ontología que sólo puede destruirse a sí misma. Un libro que, muy a pesar suyo, contiene un premio o promesa: la de hacerse, al fin, una vida política.
Pero no corramos tanto. Volvamos a esa mujer joven, blanca y con estudios que suponíamos que era yo. Esa mujer que podía hacer su vida pero que sólo podía hacer su vida. Ese “sólo”, en torno al cual giraba la proclamación de su libertad y de su lugar en el mundo, vemos ahora que expresaba su inadecuación: su no encajar, el desatarse de su zozobra. En ese “sólo” escuchábamos el mar de fondo del querer vivir. Porque vale la pena decirlo lo más sencillamente posible: querer vivir no es querer hacer tu vida. Bajo la simplicidad de estas palabras se esconde el principal problema político que a los occidentales de este tiempo nuestro, tiempo de globalización y de aislamiento, nos corresponde pensar y vivir. La alienación parece haberse resuelto de forma perversa: encerrando cada vida en la unidad de sí misma, trasladando la escisión de dentro a fuera, de la identidad de cada uno a la relación de cada uno con el todo. Ya no vivimos escindidos. Vivimos aislados.
Por eso la propuesta de El infinito y la nada no es encontrar la plenitud del yo (reconciliar al ser) sino vaciarla (abandonar al ser). Yo sin mí puedo politizar mi existencia. ¿Por qué? Porque he hecho mía, como dirá S. López Petit, la fuerza del anonimato. El anonimato no es disolución, porque la zozobra no es una matriz común ni un universal. Remite a la comunidad que son todas las personas de un verbo, el verbo querer vivir. Hay que singularizarse, por tanto, como una de ellas, con todas ellas. Por eso el aprendizaje del anonimato, como perturbación del texto de nuestra vida, es a la vez la constitución de un sí mismo inintercambiable y el encuentro con el nosotros. Por eso el anonimato es la puerta a una vida política para nuestros tiempos.
Del yo al nosotros
Decíamos al principio que el hecho de que hoy cada uno de nosotros tenga que relacionarse antes que nada con su propia vida es, para S. López Petit, una condición política. Ahora podemos comprender por qué. Ir de la vida al querer vivir nos ha mostrado que la ambivalencia, esa paradoja que hace del infinito y la nada nuestras potencias y que nos pone en relación de inmanencia con el querer vivir del otro, es reconducida y anulada en cada una de las vidas que nos individualizan, así como en la vida en general que, hipostatizada, construye un cielo de argumentos para la renuncia. Lo importante es que esto no ocurre desde un exterior (modelo de la captura) sino desde la ambivalencia misma. El querer vivir siempre tiene un trato con el orden. El ser es la línea interior de nuestro cansancio. La identidad personal es un resto de nuestra existencia. Y a todo esto, en sus efectos relacionales, es a lo que llamamos el poder.
Los efectos del poder en y sobre el querer vivir, que hasta ahora hemos recogido en su dimensión ontológica, tienen una concreción material e histórica que S. López Petit ha analizado desde sus primeros textos y que en El infinito y la nada toman una nueva consistencia. Cuando el yo, en la experiencia de la zozobra, acoge el vacío y se abre al encuentro del nosotros, se descubre como efecto de una historia y como pieza clave de unas relaciones de dominación. Por una parte, la historia es la del abandono del hombre a sí mismo: la historia de una derrota silenciada, la del movimiento obrero como sujeto histórico y revolucionario, al término de la cual el capitalismo se ha hecho uno con la realidad (p. 208). El yo, presunto soberano de sus derechos y de sus opiniones, no es el principio neutro del intercambio político. Es el resultado de una insistente demolición, por parte de la democracia capitalista, de todos los vínculos que no pasan por sus cauces productivos y de representación. Por otra parte, las relaciones de dominación son las que dibujan la geografía de nuestra actualidad. S. López Petit le da un nombre que levanta ampollas en las conciencias biempensantes: el fascismo postmoderno (p. 224). Es el régimen de dominación en el que cada vida es convertida en unidad de movilización que, con su propia autonomía, reproduce el orden. Es el régimen de dominación que corresponde a la sociedad-red y a su orden conectivo. La red es multiforme e infinita, pero sólo hay una posible relación con ella: estar o no estar. El conflicto queda así ahulado y la vida entera es puesta a trabajar. Para no caer fuera del mundo. Para no hacer de la propia vida una biografía más de la exclusión.
“Sólo puedo hacer mi vida”, la frase de nuestra protagonista, se carga ahora de una nueva dimensión. Si antes podíamos escuchar en ella el mar de fondo del querer vivir, ahora, clavada en el tiempo y en su materialidad, se vuelve expresión de una historia y de una actualidad, la nuestra. Este “sólo” que ha guiado toda nuestra lectura de El infinito y la nada es la clave cifrada de la historia del capitalismo y la llave de acceso a la verdad del fascismo postmoderno: que en él cada uno sólo puede y debe hacer su vida.
Esta verdad es la que a nosotros, hoy, nos corresponde desafiar radicalmente. Hacer de nuestro querer vivir un desafío, que es la idea-brújula que ha guiado la vida de S. López Petit y cada uno de sus libros, significará, hoy, socavar esta verdad que afianza el orden. Perturbar el texto de nuestra vida, exponiéndolo a la zozobra del querer vivir y descubrir la condición política de nuestra existencia, ha sido el primer paso. Pero no significa aún tener una vida politica. La vida política, como querer vivir hecho desafío, no es un código de comportamiento. Es un cambio de disposición respecto al ser, es la performatividad con la que se comparte el querer vivir. Con ella se conquista un terreno en el que está todo por hacer. El territorio de una política radical pero ya no universal. Un territorio en el que dominan los silencios sobre las consignas, los ritmos sobre las doctrinas. Una política que, destruyendo esta realidad, quiere preservar el secreto de cada vida, su particular forma de resolver la paradoja del querer vivir.
Te quiero vivir
Supongamos que la vida de esa mujer joven, blanca y con estudios se ha roto. Su vida, expuesta a la zozobra, ya no es sólo suya. Pero tampoco ha encontrado una ola real de transformación política y social: vive en el fascismo postmoderno. Supongamos que en el ritmo de su respiración se ha infiltrado un verbo, querer vivir. Jugará con él. Deberá aprender a conjugarlo. Encontrará a las otras personas del verbo. Intuirá, en pequeñas alianzas de amigos, lo que podría ser un nosotros. Con la humildad de unos pulmones pequeños, se propondrá hacer de su vida un desafío. Sin saber lo que puede ser hoy una vida política, inventará alguna palabra para otros, algún enunciado que, sin poder cambiar el mundo, haga que ya no sea el mismo. Y algún día, el baile de la conjugación le jugará una mala pasada. Porque los verbos, como la vida, tienen irregularidades. Entre el yo y el tú, en una grieta de su vida rota, se le escapará un pronombre inesperado: te quiero vivir.
