¡El mundo de hoy no come! Un apunte a la soberanía alimentaria

(per Anna Torres Adell. Pensamiento Libre. 01/09/2010.)

¿Qué hay hoy para cenar? Esta cuestión tan simple se formula diariamente en millones de hogares alrededor del mundo. Mientras en algunos se tiene acceso a todo tipo de alimentos, sean o no de temporada (en España comemos sandía en invierno y el salmón está disponible durante todo el año), en otros los miembros de las familias se van a la cama con el estómago vacío.

Esta reflexión, bastante corriente, no es casual. Desde el siglo pasado ha sido una constante percibir cómo lo humano era vendido al capital. Es decir, los derechos de las personas eran vendidos por los derechos del mercado y, en última instancia, a Wall Street (Millet y Toussaint, 2004).

La deshumanización ha sido una constante, es por este motivo que hay gente que no entiende cómo con tantos pobres en el mundo las políticas son tan poco efectivas. Pues bien, parte de la culpa la tiene este proceso de deshumanización, y la falta de conciencia. Sería falso decir que los problemas no son tratados. Al día de hoy se hacen más cumbres y reuniones sobre la pobreza que nunca antes. El problema radica en que los representantes de los países que las convocan y dirigen perciben a los pobres como una mera estadística. Así, las personas son convertidas en números y el compromiso, año tras año, es reducir esta estadística. En raras ocasiones sus planteamientos van enfocados a la validez de las políticas que se aplican. Da lo mismo si la reducción de la pobreza es gracias o no a estas políticas, la conciencia estará tranquila si el número de pobres es reducido, estadísticamente, claro.

Para entender por qué actualmente en el mundo hay millones de pobres es necesario reflexionar acerca de las políticas occidentalistas que desde estos países se aplican a los alimentos. Desde el inicio de la crisis financiera mundial, en 2008, son muchas las voces que gritan que se está produciendo un alza descomunal en el precio de los productos básicos. En este sentido, desde el estallido de la crisis inmobiliaria en Estados Unidos los especuladores empezaron a invertir sin medida en los alimentos, provocando no sólo el aumento de los precios sino la desesperanza de los pueblos del sur, quienes ven con resignación que su pobreza alimentaria no es una cuestión de producción sino un problema de acceso a los alimentos (Canal Solidario, 2010).

Sabiendo que los enfoques especulativos alcanzan tales cuotas de sinvergüencería es aún más difícil de entender por qué un mundo que puede abastecer de alimentos a su población deja en la hambruna a millones de personas. Y en esta cuestión tienen mucho que decir grandes organismos como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) o la Organización Mundial del Comercio (OMC). La crisis alimentaria mundial es un problema estructural cuyas causas podemos enmarcar en las políticas neoliberales impuestas por estos organismos desde hace ya más de treinta años. La supuesta liberalización comercial enmarcada en los tratados de libre comercio, los planes de ajuste estructural o el ahogo que implica el pago de la deuda para muchos de estos países han supuesto el principio del fin de su agricultura autóctona. Todas estas políticas han desencadenado un monopolio del sistema mundial alimentario encabezado por los países del norte. De esta manera y bajo la subvención constante de sus producciones, estos países se han transformado de importadores netos de materias primas a exportadores, a la vez que la crisis alimentaria ha supuesto enormes beneficios para sus multinacionales.

En materia de desarrollo, la ayuda alimentaria ha perpetuado la hegemonía de las empresas trasnacionales en los pueblos del sur y en muchos casos ha cambiado sus patrones alimentarios. Si hacemos una revisión histórica, después de la Segunda Guerra Mundial todos los países eran autosuficientes en cereales a excepción de Europa Occidental. Posteriormente las políticas adoptadas durante la Revolución Verde y los acuerdos alcanzados en el Tratado de Roma, que impuso la Política Agraria Común (PAC), propiciaron un intercambio de roles a través de una rígida autoprotección de las fronteras europeas y una alta subvención a sus productos que inundaron los mercados a precios inferiores a los de producción, ante los cuales era prácticamente imposible competir (Yamin, 2009). Y sí, ese intercambio de roles fue patente, por ejemplo en países como Nigeria o República Dominicana que incluyeron en su dieta tradicional el trigo, cuando este recurso alimentario no formaba parte de su consumo habitual, de modo que su cultura alimentaria fue trasformada para favorecer las exportaciones de los países desarrollados.

Las Naciones Unidas (ONU), durante la Cumbre del Milenio en 2000, marcaron como objetivo, y también como responsabilidad, erradicar la pobreza extrema al menos en 50%. Debía ser 100%. Si hilamos este concepto con la idea de la deshumanización de la política global que hemos establecido en líneas anteriores podemos concluir que la ONU, como cualquier otro organismo, gestiona estadísticas, pero si consideramos que el mundo ha crecido en población a un ritmo de 1.14% mientras que la producción de alimentos lo ha hecho en 2% (Vivas, 2010), no es posible entender cómo aún hay millones de personas que viven en la hambruna.

La pobreza y el hambre no son problemas negociables. Y por esta no negociabilidad del hambre surge el concepto de soberanía alimentaria que abre la puerta del debate sobre la agricultura en el siglo XXI. A diferencia del concepto de seguridad alimentaria, que era precedente, el concepto de soberanía no sólo estipula la necesidad de disponer de alimentos para cubrir las necesidades básicas sino que establece el derecho a la soberanía de los pueblos a definir sus propias políticas en este campo y el derecho de los pueblos a la alimentación. No se trata de negar el comercio internacional ni de establecer políticas proteccionistas, sino de tomar conciencia y actuar ante las políticas nocivas que propician una distribución desleal de los recursos.

En otro sentido, se trata de aplicar la legítima defensa. En derecho, el término legítima defensa consiste en eximir o bien en reducir la pena ante una conducta que es considerada prohibida. El mundo en el que vivimos, a pesar de la globalización, está tan centralizado que se puede llegar a tener la sensación de que los jueces que deben arbitrar las malas acciones actúan de manera subjetiva, dado que también pertenecen a aquellos países que muchos conocen como primer mundo. Si bien el concepto se desarrolló en términos de guerra y su significado sigue intacto en este sentido, la verdad es que ya somos muchos los que pensamos que las guerras no necesitan armas y se fraguan en Wall Street.

La especulación alimentaria y las políticas neoliberales llevadas a cabo por los países del norte necesitan de respuestas contundentes. No se trata de volvernos a vender el discurso sobre la productividad cuando una crisis alimentaria azota a los más pobres. No, esas políticas ya las conocemos. Se trata de entender que los Estados deben conservar su capacidad y soberanía para hacer frente, entre otros problemas, a la importación de productos de bajo costo.

Y éste es el panorama del siglo XXI, en el que debatimos y hablamos del derecho a alimentarse. Y no seré yo la única a la que le inunde un profundo sentimiento de frustración.

Porque podemos vivir sin un coche ¿verdad?, sin tener vacaciones ¿cierto?, sin un celular último modelo ¿lógico? Pero ¿podemos vivir sin comer?; la respuesta es no. Igual que no podemos vivir sin la tierra que genera la vida. Entonces, imaginemos por un momento una familia que vive en la pobreza más extrema, que perdió su parcela de tierra, que no entiende cómo habiendo sido autosuficientes hoy sus hijos duermen sin cenar. Imaginémoslo por un minuto. ¿Es entonces la pobreza una estadística? El rostro de la pobreza debemos ser todos.

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Canal Solidario (2010). ¿Quién gana con la crisis alimentaria mundial? Recuperado el 18 de julio de 2010, de http://www.canalsolidario.org/noticia/quien-gana-con-la-crisis-alimentaria-mundial/10020

Millet y Toussaint (2004). 50 preguntas y 50 respuestas sobre la deuda, el FMI y el Banco Mundial. Barcelona: Icaria.

Vivas, Esther (2010). Soberanía alimentaria: se produce suficiente comida para alimentar a la población mundial ¿pero cuál es el problema? Recuperado el 19 de julio de 2010, de http://www.ecoportal.net/content/view/full/93561

Yamin, Guadalupe (2009). El sector agrícola mexicano: situación actual y alternativas de cambio. Tesis de Maestría. Universidad Jaime I de Castellón.

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