(extret de Padres e hijos (1862), de Iván Turguéniev. Ed. Cátedra, 2004)
“Un nihilista”, profirió Nikolái Petrovič, “Viene del latín nihil, nada, por cuanto puedo juzgar; por lo tanto, esta palabra indica un hombre que… ¿que no admite nada?”
“Más bien di: que no respeta nada”, retomó Pável Petrovič…
“Que considera todo desde un punto de vista crítico”, observó Arkadi.
“¿Y no es quizás lo mismo?”, preguntó Pável Petrovič.
“No, no es lo mismo. El nihilista es un hombre que no se inclina ante ninguna autoridad, que no da fe a ningún principio, cualquiera que sea el respeto de que tal principio esté rodeado.”
“¿Y te parece una buena cosa?”, lo interrumpió Pável Petrovič.
“Según para quién, tío. Para algunos deriva un bien de él, y para algunos otros, un gran mal.”
“Ah, ¿así? Bah, veo que no es algo de nuestra competencia. Nosotros somos gente del viejo siglo, nosotros consideramos que sin ‘prensìp’ (Pàvel Petrovič pronunciaba esta palabra dulcemente, a la manera francesa; Arkadi, por el contrario, pronunciaba “principios”, arrastrando la sílaba final), sin ‘prensìp’, aceptados, como tú dices, por dogma, no se puede dar un paso, no se puede emitir un respiro… ¿Cómo os llamáis?”
“Nihilistas”, profirió distinguidamente Arkadi.
“Si, primero eran los hegelianos, ahora son los nihilistas. Veremos cómo haréis para existir en el vacío, en el espacio sin aire”
