Objetos condenados a la prejubilación

(per ConsumeHastaMorir. 22/02/2011.)

Un padre escribe un mail a su hija: “Recogí tu reloj y debido a que estuvo con las agujas atascadas mucho tiempo, para arreglarlo habría que enviarlo a la casa original. Personalmente creo que no merece la pena, pero tú verás si quieres que pidamos presupuesto. La reparación será seguramente más cara que uno nuevo. Un beso, papá”.

Un ciudadano de 53 años llega tarde al trabajo porque se la ha vuelto a estropear el coche. “Cuando un coche cumple cierta edad es mejor jubilarlo y comprarse otro nuevo, te sale más rentable que gastarte el dinero en hacerle reparaciones”, le dice su compañero de mesa en la oficina.

Una nieta, al mudarse a una casa más pequeña, decide cambiar la lavadora que heredó de su abuela (que llevaba funcionando 23 años) por otra nueva. A los dos años y tres meses de la compra tiene que llamar al técnico porque se le ha estropeado: “No se extrañe de que se rompa tan pronto, señorita”, le comenta el hombre, “si no, ¿de qué vamos a vivir nosotros?”.

Tres casos cotidianos, reales, que hablan de lo mismo, de la obsolescencia programada: cosas que se fabrican para que se rompan. ¿Quién no ha maldecido alguna vez porque la batería del móvil deja de funcionar o porque al ir a reparar algo que tiene unos cuantos años te dicen que ya no fabrican esas piezas? Y es que no hace falta buscar estadísticas ni artículos científicos para corroborar estos hechos, cualquier persona experimenta cotidianamente que los objetos se rompen o dejan de funcionar con demasiada premura.

Pero ¿cómo es posible que se fabriquen las cosas para que se estropeen? La respuesta es sencilla: el sistema capitalista, que se basa en el crecimiento económico constante y creciente, necesita producir objetos que duren poco para conseguir vender cada año más que el anterior, para así poder engordar de forma acelerada sus cuentas de resultados. Y para eso, claro, las cosas se tienen que romper.

El crecimiento no es una consecuencia posible de este sistema: es una condición indispensable para que funcione. Si la economía capitalista deja de crecer, se colapsa. Y crecer significa extraer recursos, moverlos de unas partes del planeta a otras, fabricar, transportar las mercancías en enormes contenedores en buques por el océano, vender, producir residuos, recoger la basura en esos grandes barcos y llevarla lejos de la vista de los consumidores de estos objetos que se estropean con una celeridad pasmosa.

Y el sistema funciona. O, más bien, eso parece, porque resulta que de toda la cadena sólo vemos una pequeña parte, la de la venta: los anuncios y las luces de colores que, al igual que hacían los espejitos con los indígenas americanos, nos deslumbran con su brillo y nos asombran tanto que nos dejan sin capacidad de respuesta.

De todos modos, por si acaso a algún objeto se le ocurre durar más de la cuenta, el sistema ha ideado un mecanismo de seguridad: la moda. Ahí está la publicidad, entonces, para recordarnos que cada año hay que comprar calcetines nuevos del color que se lleva esa temporada, hacernos con un móvil con mejores prestaciones y renovar los muebles para que te devuelvan la pasión por tu casa. Curiosa paradoja esta: los aparatos electrónicos y demás artilugios adquieren cada vez más rápido el derecho a jubilarse, mientras las personas que los fabrican y los compran se ven obligadas a tener una vida laboral que se alarga por momentos.

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