Servicio doméstico y desigualdad

(Gema Jiménez Tostón. Síntesis elaborada por CIMAC. El artículo completo apareció en la revista Géneros, de la Asociación Colimense de Universitarias, Universidad de Colima. Junio 2001, Año 8, Número 24.)

“Cuando las mujeres luchan juntas por sus derechos, son usualmente las ricas y la clase media, que están libres por sus domésticas para desarrollarse en su trabajo” (Carmen Naranjo, 1979)

¿DESAPARICION DEL SERVICIO DOMESTICO?

La investigación sobre el servicio doméstico es escasa. La mayoría de los estudios son descripciones del sector desde un punto de vista cuantitativo, las cuales se han llevado a cabo en contextos espacio-temporales determinados, cuando y donde las cifras oficiales revelaban que una gran mayoría de mujeres trabajan en el sector.

Hoy en día nos encontramos en el marco de un procesos de globalización socioeconómica, de la que no se libran sectores como el servicio doméstico. En todo el mundo se está produciendo una transformación de dicha actividad, haciéndose inevitable que se investigue a partir de análisis menos tradicionales de lo que hasta ahora se ha estudiado.

En la mayoría de los países coexisten las formas tradicionales del servicio doméstico –caracterizadas por el trabajo de planta y realizado por mujeres migrantes jóvenes- con otras “mas contractuales” –caracterizadas por el trabajo de entrada por salida, realizado por mujeres no tan jóvenes, con hijos, a veces cabeza de familia.

Tanto en países de la periferia –donde el fenómeno sigue teniendo un gran peso en la estructura ocupacional- como en los países del centro –donde, contrariamente a los pronósticos, la demanda está aumentando-, el sector sigue siendo una importante fuente de empleo, sin que las condiciones de trabajo hayan cambiado demasiado con respecto a décadas anteriores.

Tomando como estudios de caso los ejemplos de México y España, se intenta explicar cómo influye en cada país el proceso de transformación del servicio doméstico y demostrar cómo se retroalimenta la dinámica internacional actual de dicho sector, basada en la dependencia centro-periferia y sistema reproductivo.

Actualmente, México es un país emisor de mano de obra, sobre todo hacia Estados Unidos, y España se ha convertido en receptor de trabajadores de puntos, muy diversos –América Latina, África, Asia y Europa del Este-. Ambos Fenómenos –unidos por el lazo migratorio- se están intensificando.

Pese a las características específicas de cada zona, el servicio doméstico continúa teniendo un gran peso. En el recién estrenado siglo XXI, como en épocas pasadas, el sector doméstico se encuentra cimentado en dinámicas de desigualdad de nuestras actuales sociedades jerárquicas.

EL CONTEXTO DE LA DESIGUALDAD

El servicio doméstico nos sirve de termómetro para analizar cómo son y qué dinámicas se dan en el interior de las relaciones de desigualdad. Dentro de la jerarquía social, las trabajadoras del servicio doméstico se encuentran en los estratos más bajos, ya sea por su condición de mujer, de migrante –interna o internacional-, de indígena, de extranjera, de pobre, o de alguna combinación de dichas categorías.

Las tradicionales estructuras de poder -género, clase y raza- se encuentran complejamente imbricadas dentro de otras estructuras de poder como son la regional y la internacional.

Las mujeres pobres sirven a la clase media y alta (desigualdad de clase): las mujeres son las que realizan las tareas de reproducción, en el caso del servicio doméstico, sustituyendo una mujer a otra (desigualdad de género); los indígenas sirven a los blancos (desigualdad de etnia); las inmigrantes sirven a los nacionales (desigualdad de nacionalidad); las inmigrantes rurales sirven a las familiar urbanas (desigualdad regional).

Muchos autores relacionan la evolución del servicio doméstico con el nivel de desarrollo económico regional de cada país. Según esta afirmación, sería más elevado en zonas geográficas donde el desarrollo económico es menor [Higman, 1993], e iría disminuyendo cuanto más desarrollado esté el país [Coser, 1973, citado por Bunster y Chaney, 1989].

Esta afirmación se vería refutada si analizamos el servicio doméstico en el ámbito internacional, ya que, independientemente de las diferencias internas, los países más pobres son los que suministran mano de obra para tareas de reproducción a los países más ricos.

Unas autoras [Goldsmith, 1990; Gálvez y Torado, 1993] han relacionado los niveles del servicio doméstico con los ciclos económicos. Así, el servicio doméstico aumentaría en épocas de crisis.

Otras [García Castro, 1982; León, 1993; Grau, 1982] sustenta la crítica a la “predicción” de que el servicio doméstico desaparecerá con los siguientes argumentos: Las oscilaciones del servicio doméstico están relacionadas con los ciclos coyunturales de la economía.

La categoría censal “trabajador familiar sin remuneración” incluye muchas empleadas de hogar. El servicio doméstico, al ser ejercicio por mujeres jóvenes e incluso niñas que muchas veces no perciben salario, no es captado por los datos oficiales.

La inmigración internacional hace que el sector sea más difícil de cuantificar, ya que los flujos migratorios son constantes y complejos, y muchas mujeres trabajan en el servicio doméstico cuando migran a un país extranjero. Éste es el caso de las mexicanas que emigran a Estados Unidos, las guatemaltecas y centroamericanas que hacen lo propio hacia México y las colombianas, dominicanas, ecuatorianas, europeas del este, asiáticas y africanas que salen hacia Europa.

En este sentido, el ejemplo de España resulta sumamente paradigmático, ya que la demanda del servicio doméstico por parte de las familias de clase media es considerable frente a necesidades que no están cubiertas por el Estado y un número mayor de mujeres en el mercado laboral.

A esto se suma el envejecimiento de la población. Es cada vez más frecuente que las familias soliciten mujeres para dedicarse a tareas de cuidado de personas mayores o enfermas, y son trabajadoras con las mismas condiciones de trabajo que las tradicionales empleadas de hogar.

LA INMIGRACION: DESIGUALDAD ETNICA, DE NACIONALIDAD Y REGIONAL

Uno de los factores que tradicionalmente se ha tenido en cuenta en la evolución del servicio doméstico y en la determinación de la oferta ha sido el fenómeno de la inmigración, ya que un gran volumen de trabajadoras del sector llegan de otros lugares.

Como en muchos países latinoamericanos, el empobrecimiento del campo hizo que muchas familias se plantearan emigrar a zonas con mayores oportunidades de trabajo. La migración campo-ciudad arrastró a muchas mujeres jóvenes descualificadas para entrar en el trabajo urbano. Así, la mayoría se vio abocada a trabajar en el servicio doméstico, el ambulantaje o la industria maquiladora.

Por su parte, en España la migración campo-ciudad fue muy importante para el auge del servicio doméstico y se desarrolló entre las décadas de los años cuarenta y setenta. Muchas mujeres migraron a las capitales para trabajar de empleadas de hogar internas, con unas condiciones de servidumbre muy parecidas a las precaria situación de muchas trabajadoras latinoamericanas del sector hoy en día.

En México –así como en el resto de América Latina- los movimientos de trabajadoras dentro del país han configurado, no sólo las dinámicas de urbanización y crecimiento demográfico urbano, sino también la evolución que ha tenido en las últimas décadas el servicio doméstico.

La mayoría de los estudios sobre el servicio doméstico en América Latina han considerado que el sector está formado mayoritariamente por mujeres migrantes del campo a la ciudad y asimilan las categorías a este colectivo.

En la actualidad el sector es muy heterogéneo y no sólo está formado por mujeres jóvenes migrantes. Para estas últimas, la condición de migrantes marca las relaciones laborales. Ya que, al tener que trabajar “puertas adentro”, el aislamiento, la falta de apoyo emocional de sus familias y su temprana edad hacen que establezca una relación personal con sus empleadores.

Pero el servicio doméstico es un sector extremadamente diversificado y eso tiene mucho que ver con el origen de la oferta. El volumen y características del sector no sólo están condicionadas por la migración interna sino también por las migraciones internacionales.

Así, la migración de las mexicanas hacia Estados Unidos se está convirtiendo en un fenómeno cada vez más importante y muchas de esta mujeres se emplean en el sector doméstico. Las cifras dan pocas pistas a las hora de cuantificar el fenómeno, ya que muchas de esta mujeres son indocumentadas y, además, las fuentes de datos y registros oficiales escapan a las autoridades mexicanas al tratarse de un fenómeno que se desarrolla más allá de sus fronteras.

Por otro lado, existe una relación entre el programa maquilador y la inmigración indocumentada a Estados Unidos, ya que casi dos tercios de mujeres que trabajaron en México antes de emigrar a Estados Unidos trabajaron en la industria maquiladora [Solórzano-Torres, 1987].

Una mujer inmigrante que llega por primera vez a Estados Unidos, el primer trabajo que suele tener es dentro del servicio doméstico. Un estudio de 1982, a partir de entrevistas realizadas a mujeres mexicanas que trabajan en el condado de San Diego, demuestra que cuatro quintos del total trabaja o trabajó en el servicio doméstico.

Después de décadas de progreso tecnológico y luchas laborales, no ha variado la esencia de la profesión: el carácter de servidumbre. Las condiciones y relaciones de trabajo que tienen estas empleadas del hogar en Estados Unidos, no difieren mucho de las que tienen las indígenas migrantes en el interior de México o en cualquier parte del mundo. Es decir, los niveles más bajos de la escala económica, estando segmentadas por clase, género, etnia y ciudadanía.

Por tanto, aunque el fenómeno del servicio doméstico de hoy en día tan heterogéneo podemos decir que la precariedad, la irregularidad, los bajos salarios, la desprotección y las relaciones “íntimas” con los patrones siguen siendo, después de décadas, las características del sector.

Otro ejemplo de inmigrantes fronterizos son las mujeres centroamericanas –sobre todo guatemaltecas- que cruzan diariamente la frontera para trabajar en el servicio doméstico en Chiapas (concretamente en Tapachula). El 90 por ciento de las trabajadoras domésticas en esta localidad son guatemaltecas, aunque hay también algunas hondureñas y nicaragüenses. Muchas son menores de edad (12-13 años) y trabajan seis días por semana con un horario muy extenso. Su sueldo es variable –entre 300 y 900 pesos- y es común que no reciban atención médica cuando enferman. La discriminación que sufren esta inmigrantes es múltiple, ya que son extranjeras, ilegales, pobres, indígenas y campesinas.

SERVICIO DOMESTICO Y CLASES SOCIALES

La historia del servicio doméstico en América Latina ha sido la historia de cómo las clases dominantes han controlado a las clases populares.

La presencia de una trabajadora de hogar –supuestamente “inferior”- y la demostración de su inferioridad, permite justificar la explotación material que practica el empleador, el refuerzo de su ego –en tanto que individuo- y de su identidad de clase y raza.

Cuando a la trabajadora se le denomina “muchacha”, lo que se esta haciendo es infantilizarla. Además, el hecho de dar regalos o ropas usadas afirma la inferioridad de la trabajadora.

En España, la relación laboral del servicio doméstico está relativamente regulada, existiendo una serie de obligaciones de los empleadores que no siempre cumplen. El alta en el sistema de la Seguridad Social es obligatorio pero, en la práctica, la mayoría de las trabajadoras no están dadas de alta y, las que están, no tienen los mismos derechos que el resto de los trabajadores [Ioé, 1990].

SERVICIO DOMESTICO COMO ESTRATEGIA DE SOBREVIVENCIA

Diversos autores han coincidido en entender la oferta de servicio doméstico como un componente de las estrategias de sobrevivencia de determinadas familias -urbanas y rurales- [Zurita, 1983]. Para las mujeres migrantes que trabajan puertas dentro, una de las variables más importantes a la hora de tener en cuenta la sobrevivencia familiar son las remesas.

Los ingresos de la mujer –y los hijos- desempeñan un papel cada vez más importante para el sustento familiar. A partir de las crisis económicas en las que se ha visto inmerso México, más y más mujeres han salido al mercado a buscar trabajo.

La población activa femenina crece en época de crisis, así como el servicio doméstico. Por tanto, dicha ocupación supone un sector recurrente al que las mujeres pueden acceder en épocas de crisis, ya que podría ser que la demanda se mantuviera y lo que variara fuera el nivel salarial -siendo menor en épocas de crisis.

UNAS MUJERES “SIRVEN A OTRAS”: LA EMANCIPACION COMO MITO

En los hogares de casi todas las sociedades actuales el trabajo doméstico es delegado a las mujeres. El servicio doméstico es el único oficio en el cual el empleador y la empleada son mujeres, ambas miembros de un sexo subordinado socialmente.

Pero ¿cómo se explica la subordinación general de la mujer si las propias mujeres contratan a otras mujeres para realizar tareas domésticas típicamente asignadas al sector femenino? Es en este contexto donde entran otras variables que explican esta desigualdad entre patrona y empleada.

La primera es una “aliada” y un agente del poder real –el patriarcado-, y son esta mismas mujeres agentes reproductores de los sistemas de dominación sexual y de clase. Incluso, muchas patronas prefieren contratar a mujeres de otras regiones o nacionalidades, no sólo porque pueden pagarles un salario menor, sino porque son más “dóciles”, “adaptables” y dependientes.

En nuestras sociedades capitalistas, la visión de que el hogar y el trabajo desarrollado en él son “naturales” tiene una consecuencia para el servicio doméstico, considerando las obligaciones domésticas como “no trabajo”.

Esta trabajadora es más que una empleada, es la prolongación o el sustituto de la mujer en el hogar, que actúa en el reino –cada vez menos prestigioso- de las actividades femeninas. Por tanto, muchas mujeres reaccionan ante el poder patriarcal, pero manteniendo el matrimonio y la maternidad como la forma correcta de asumir la adultez y respetabilidad social. Así, el servicio doméstico es fundamental para mantener el estilo de vida “liberado”, teniéndolo “todo”: marido, hijo, trabajo [Gill, 1995].

Esta nueva cadena de subordinación jerárquica hombre-mujer-empleada doméstica contradice la lucha de la mujer por la igualdad [Duarte, 1993]. Por tanto, el feminismo debe hacerse replanteamientos sobre la explotación de género, teniendo en cuenta otras variables que juegan un papel fundamental a la hora de abordar muchos análisis sobre la división sexual del trabajo.

El actual desmantelamiento de los sistemas sociales implica una mayor demanda de los servicios domésticos, la cual es cubierta por las capas más pobres de la sociedad. El servicio doméstico, además, también coadyuva a la recomposición de la mano de obra inmigrante internacional, cuyos flujos obedecen a la división internacional y sexual del trabajo.

Desde la perspectiva de la división sexual del trabajo, el servicio doméstico permite mitigar la eterna contradicción: da una solución individual al problema del trabajo doméstico, que no es asumido por los miembros de la unidad familiar, ni tampoco por el sistema social en su conjunto.

Así, las consecuencias de la contratación de servicio doméstico para la economía global surgen de las disponibilidad de un servicio doméstico abundante y relativamente barato, que afecta a la calidad de vida de los estrato medios y superiores que pueden pagarlo.

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